
Diario de Invierno
de Paul Auster
Calificación de lectores:

Sinopsis:Paul Auster, incansable creador de ficciones y de personajes inolvidables, vuelve aquí su mirada sobre sí mismo. Y si en un libro anterior, A salto de mata, rememoraba sus años juveniles de aprendiz de escritor, en este Diario de invierno parte de la llegada de las primeras señales de la vejez para rememorar episodios de su vida.
Y así, se suceden las historias: un accidente infantil mientras jugaba al béisbol, el descubrimiento del sexo, las masturbaciones adolescentes y la primera experiencia sexual con una prostituta, la rememoración de sus padres, un accidente de coche en el que su mujer resulta herida, una presentación en Arles acompañado por su admirado Jean-Louis Trintignant, la estancia en París, una larga lista comentada de las 21 habitaciones en las que ha vivido a lo largo de su vida hasta llegar a su actual residencia en Park Slope, sus ataques de pánico, las historias de sus abuelos, sus dos primeros matrimonios fallidos y el largo y feliz matrimonio actual, la visión de un viejo thriller por televisión y las reflexiones que propicia, las visitas a la familia de Siri, los viajes, los paseos, la presencia de la nieve, el paso y la herida del tiempo, la conciencia del cuerpo que envejece...
En definitiva, el puzle de una vida a través de vivencias, sensaciones y recuerdos. Un magistral autorretrato construido con la pasión, la desbordante creatividad literaria y la ejemplar viveza de la prosa que son ya las señas de identidad de este escritor amado por los lectores y admirado por la crítica.
Diario de Invierno - adelanto
<<adelanto>>
Y así, se suceden las historias: un accidente infantil mientras jugaba al béisbol, el descubrimiento del sexo, las masturbaciones adolescentes y la primera experiencia sexual con una prostituta, la rememoración de sus padres, un accidente de coche en el que su mujer resulta herida, una presentación en Arles acompañado por su admirado Jean-Louis Trintignant, la estancia en París, una larga lista comentada de las 21 habitaciones en las que ha vivido a lo largo de su vida hasta llegar a su actual residencia en Park Slope, sus ataques de pánico, las historias de sus abuelos, sus dos primeros matrimonios fallidos y el largo y feliz matrimonio actual, la visión de un viejo thriller por televisión y las reflexiones que propicia, las visitas a la familia de Siri, los viajes, los paseos, la presencia de la nieve, el paso y la herida del tiempo, la conciencia del cuerpo que envejece...
En definitiva, el puzle de una vida a través de vivencias, sensaciones y recuerdos. Un magistral autorretrato construido con la pasión, la desbordante creatividad literaria y la ejemplar viveza de la prosa que son ya las señas de identidad de este escritor amado por los lectores y admirado por la crítica.
Diario de Invierno - adelanto
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----------------------- Page 1-----------------------
Paul Auster
Diario
de invierno
Traducción de Benito Gómez Ibáñez
EDITORIAL ANAGRAMA
BARCELONA
----------------------- Page 2-----------------------
TÃtulo de la edición original:
Winter Journal
Henry Holt and Company
Nueva York, 2012
Diseño de la colección: Julio Vivas y Estudio A
Ilustración: foto © Joyce George, Corbis / Cordon Press
Primera edición: febrero 2012
© De la traducción, Benito Gómez Ibáñez, 2012
© Paul Auster, 2012
c/o Guillermo Schavelzon & Asoc., Agencia Literaria
info@schavelzon.com
© EDITORIAL ANAGRAMA, S. A., 2012
Pedró de ......
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Paul Auster
Diario
de invierno
Traducción de Benito Gómez Ibáñez
EDITORIAL ANAGRAMA
BARCELONA
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Winter Journal
Henry Holt and Company
Nueva York, 2012
Diseño de la colección: Julio Vivas y Estudio A
Ilustración: foto © Joyce George, Corbis / Cordon Press
Primera edición: febrero 2012
© De la traducción, Benito Gómez Ibáñez, 2012
© Paul Auster, 2012
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Traducción de Benito Gómez Ibáñez
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Winter Journal
Henry Holt and Company
Nueva York, 2012
Diseño de la colección: Julio Vivas y Estudio A
Ilustración: foto © Joyce George, Corbis / Cordon Press
Primera edición: febrero 2012
© De la traducción, Benito Gómez Ibáñez, 2012
© Paul Auster, 2012
c/o Guillermo Schavelzon & Asoc., Agencia Literaria
info@schavelzon.com
© EDITORIAL ANAGRAMA, S. A., 2012
Pedró de la Creu, 58
08034 Barcelona
ISBN: 978-84-339-7829-5
Depósito Legal: B. 1482-2012
Printed in Spain
Liberdúplex, S. L. U., ctra. BV 2249, km 7,4 - PolÃgono Torrentfondo
08791 Sant Llorenç dâHortons
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Piensas que nunca te va a pasar, imposible que te
suceda a ti, que eres la única persona del mundo a quien
jamás ocurrirán esas cosas, y entonces, una por una,
empiezan a pasarte todas, igual que le suceden a cual-
quier otro.
Tus pies descalzos en el suelo frÃo cuando te levan-
tas de la cama y vas a la ventana. Tienes seis años. Afue-
ra cae la nieve, y en el jardÃn las ramas de los árboles se
están poniendo blancas.
Habla ya antes de que sea demasiado tarde, y con-
fÃa luego en seguir hablando hasta que no haya más que
decir. Después de todo, se acaba el tiempo. Quizá sea
mejor que de momento dejes tus historias a un lado y
trates de indagar lo que ha sido vivir en el interior de
este cuerpo desde el primer dÃa que recuerdas estar vivo
hasta hoy. Un catálogo de datos sensoriales. Lo que
cabrÃa denominar fenomenologÃa de la respiración .
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Tienes diez años, es pleno verano y hace un calor
sofocante, tan húmedo y molesto que, incluso sentado
a la sombra de los árboles del jardÃn, se te llena de sudor
la frente.
Que ya no eres joven es un hecho indiscutible.
Dentro de un mes cumplirás sesenta y cuatro años, y
aunque eso no es ser demasiado viejo, no lo que todo
el mundo considerarÃa una edad provecta, no puedes
dejar de pensar en todos los que no han logrado llegar
tan lejos como tú. Ãse es un ejemplo de las diversas
cosas que podrÃan no pasar nunca pero que, en realidad,
han ocurrido.
El viento en tu rostro durante la tormenta de nieve
de la semana pasada. El espantoso aguijón del frÃo, y
tú ahà fuera, en las calles desiertas, preguntándote qué
te habrÃa llevado a salir de casa con aquella rugiente
tempestad, y sin embargo, aun cuando luchabas por
mantener el equilibrio, estaba el júbilo de aquel viento,
la euforia de ver las familiares calles empañadas de
blanco, convertidas en un remolino de nieve.
Placeres fÃsicos y dolores fÃsicos. Placeres sexuales
antes que nada, pero también el placer de la comida y
la bebida, el de reposar desnudo en un baño caliente,
de rascarse un picor, de estornudar y peerse, de quedar-
se una hora más en la cama, de volver la cara hacia el
sol en una templada tarde a finales de primavera o
principios de verano y sentir el calor que se difunde por
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la piel. Innumerables ocasiones, no pasa un dÃa sin
algún instante o instantes de placer fÃsico, y sin embar-
go los dolores son sin duda más persistentes y obstina-
dos, y en uno u otro momento han asaltado casi todas
las partes de tu cuerpo. Ojos y oÃdos, cabeza y cuello,
hombros y espalda, brazos y piernas, garganta y estó-
mago, tobillos y pies, por no mencionar el enorme
forúnculo que una vez te brotó en el carrillo izquierdo
del culo, llamado lobanillo por el médico, lo que a tus
oÃdos sonaba a dolencia medieval, y que durante una
semana te impidió sentarte en una silla.
La proximidad que tu menudo cuerpo guardaba
con el suelo, el cuerpo que te correspondÃa cuando
tenÃas tres y cuatro años, es decir, la brevedad de la
distancia entre tus pies y tu cabeza, y cómo las cosas en
que ya no te fijas constituÃan entonces una presencia y
preocupación constantes para ti: el pequeño mundo de
reptantes hormigas y monedas perdidas, de ramitas
caÃdas y abolladas chapas de botellas, de tréboles y
dientes de león. Pero sobre todo las hormigas. Son lo
que mejor recuerdas. Ejércitos de hormigas en marcha,
subiendo y bajando de sus pulverulentos montÃculos.
Tienes cinco años, estás en cuclillas sobre un hor-
miguero en el jardÃn, estudiando atentamente las idas
y venidas de tus diminutos amigos de seis patas. Sin ser
visto ni oÃdo, tu vecino de tres años se acerca sigilosa-
mente a tu espalda y te golpea en la cabeza con un
rastrillo de juguete. Las púas te atraviesan el cuero
cabelludo, la sangre te empieza a manar por el pelo y
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te corre hasta la nuca, y dando gritos entras corriendo
en casa, donde tu abuela te cura las heridas.
Palabras de tu abuela a tu madre: «Qué hombre tan
maravilloso serÃa tu padre... con que sólo fuera de otra
manera.»
Esta mañana, te despiertas en la penumbra de otro
amanecer de enero, con una luz difuminada, grisácea,
penetrando en el dormitorio, y ahà está el rostro de tu
mujer vuelto hacia ti, los ojos cerrados, aún profunda-
mente dormida, las mantas subidas hasta el cuello,
asomando únicamente la cabeza, y te maravilla lo pre-
ciosa que está, lo joven que parece, incluso ahora, trein-
ta años después de la primera vez que te acostaste con
ella, al cabo de treinta años de vivir bajo el mismo techo
y compartir la misma cama.
También nieva hoy, y cuando te levantas de la cama
y vas a la ventana, en el jardÃn las ramas de los árboles
se están poniendo blancas. Tienes sesenta y tres años.
Se te ocurre que durante el largo viaje de la niñez has-
ta aquà rara vez ha habido un momento en que no
hayas estado enamorado. Treinta años de matrimonio,
sÃ, pero en los treinta anteriores, ¿cuántos caprichos y
enamoramientos, cuántas pasiones, cuántos delirios y
afanes, cuántas oleadas de loco deseo? Desde el comien-
zo mismo de tu vida consciente, has sido un solÃcito
esclavo de Eros. Las chicas que amaste de niño, las
mujeres que quisiste ya hombre, cada una diferente de
las demás, delgadas unas y otras rellenas, bajas y altas,
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intelectuales y atléticas, sociables y temperamentales,
blancas y negras y algunas asiáticas, nada en su aparien-
cia te importaba realmente, todo estaba en la luz inte-
rior que percibieras en ella, la chispa del carácter, la
llama de la identidad revelada, y esa luz la hacÃa bella
para ti, aunque otros estuvieran ciegos ante la belleza
que tú veÃas, y entonces te morÃas por estar con ella,
cerca de ella, porque la belleza femenina es algo que
nunca has podido resistir. Ya desde tus primeros dÃas
de colegio, en la clase del jardÃn de infancia, donde te
enamoraste de la niña rubia de larga cola de caballo, la
señorita Sandquist te castigaba a menudo por escon-
derte con la niña de la que te habÃas prendado, los dos
juntos haciendo travesuras en algún rincón, pero tales
castigos no significaban nada para ti, porque estabas
enamorado y entonces el amor era tu debilidad, como
lo sigue siendo ahora.
El inventario de tus cicatrices, en particular las de
la cara, que ves cada mañana al mirarte en el espejo del
baño cuando te peinas o vas a afeitarte. Rara vez pien-
sas en ellas, pero cuando lo haces, entiendes que son
marcas que deja la vida, que el surtido de lÃneas irregu-
lares grabadas en la piel de tu rostro son letras del alfa-
beto secreto que narra la historia de quién eres, porque
cada cicatriz es la huella de una herida curada, y cada
herida era resultado de una inesperada colisión con el
mundo; es decir, de un accidente, de algo que no debÃa
ocurrir a la fuerza, porque por definición un accidente
es algo que no sucede necesariamente. Acontecimientos
contingentes en contraposición a hechos necesarios, y
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mientras te miras al espejo esta mañana comprendes
que toda vida es contingente, salvo por el único hecho
necesario de que antes o después tocará a su fin.
Tienes tres años y medio, y tu embarazada madre,
de veinticinco, te ha llevado de compras con ella a unos
grandes almacenes del centro de Newark. La acompa-
ña una amiga suya, la madre de un niño de también
tres años y medio. En cierto momento, tu pequeño
camarada y tú os soltáis de vuestras madres y echáis a
correr por los almacenes. Es un enorme espacio abier-
to, sin duda la mayor estancia en que has puesto jamás
los pies, y te estremeces visiblemente al poder transitar
a la carrera por aquel gigantesco estadio cubierto. Al
cabo, el niño y tú empezáis a lanzaros en plancha al
suelo para deslizaros por la pulida superficie, paseando
en trineo sin trineo, por asà decir, y ese juego resulta
tan agradable, procura un placer tan fascinante, que os
volvéis cada vez más temerarios, más atrevidos sobre
los objetivos que deseáis alcanzar. Llegáis a una parte
de la planta donde están realizando obras de reparación
o construcción, y sin molestaros en observar los obs-
táculos con que os podrÃais topar, de nuevo os arrojáis
en horizontal al suelo y surcáis la superficie lisa como
el cristal hasta que, cobrando velocidad, os precipitáis
hacia un banco de carpintero. Con un pequeño giro de
tu menudo cuerpo, crees que vas a evitar el choque
contra la pata de la mesa que se te viene encima, pero
en lo que no te fijas en la fracción de segundo que
empleas en cambiar de rumbo es en que de la pata
sobresale un clavo, largo y lo bastante abajo para quedar
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a la altura de tu cara, y antes de que puedas detenerte,
el clavo te atraviesa la mejilla cuando pasas volando
junto a la pata. Se te desgarra la mitad de la cara. Se-
senta años después, no tienes recuerdo alguno del ac-
cidente. Te acuerdas de las carreras y las planchas, pero
no del dolor, en absoluto de la sangre, y nada de cuan-
do te llevaron al hospital a toda prisa ni del médico que
te cosió la mejilla. Realizó un trabajo espléndido, decÃa
siempre tu madre, y como el trauma de ver a su primo-
génito con media cara arrancada nunca la abandonó,
lo repetÃa muchas veces: algo que ver con un refinado
método de doble sutura que redujo la señal al mÃnimo
y evitó que te quedaras desfigurado para toda la vida.
PodrÃas haber perdido el ojo, te aseguraba; o de mane-
ra más dramática: PodrÃas haberte matado. Sin duda
tenÃa razón. La cicatriz se ha ido haciendo cada vez más
tenue con el paso de los años, pero sigue ahà siempre
que la miras, y llevarás ese emblema de buena suerte
(¡con el ojo intacto, aún vivo!) hasta que te vayas a la
tumba.
Cicatrices de cejas partidas, una en la izquierda y
otra en la derecha, casi perfectamente simétricas, la
primera causada por una embestida a toda marcha
contra un muro de ladrillo jugando al balón prisionero
en una clase de gimnasia de la escuela primaria (apare-
ciste durante dÃas con un ojo enormemente morado,
que te recordaba una fotografÃa del boxeador Gene
Fullmer, derrotado por Sugar Ray Robinson en un
combate para el campeonato más o menos en la misma
época), y la segunda producida a los veintipocos años
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cuando al lanzar un gancho en un partido de balonces-
to al aire libre, te empujaron por detrás y te estampas-
te contra el poste metálico que sujetaba la canasta. Otra
cicatriz en la barbilla, de origen desconocido. Quizá
producida por una caÃda en la primera infancia, un
porrazo contra la acera o una piedra que te abrió el
mentón y te dejó señal, aún visible siempre que te
afeitas por la mañana. Ninguna leyenda acompaña a
esa cicatriz, tu madre nunca te habló de ella (al menos
que recuerdes), y te parece extraño, si no del todo des-
concertante, que esa marca permanente se te grabara
en la piel por lo que sólo puede denominarse una mano
invisible, que tu cuerpo haya sido territorio de aconte-
cimientos ya borrados de la historia.
Es junio de 1959. Tienes doce años, y dentro de
una semana terminarás con tus compañeros de sexto la
enseñanza primaria que cursas desde los cinco años.
Hace un dÃa espléndido, finales de primavera en su más
luminosa encarnación, el sol derramándose desde un
cielo azul sin nubes, calor pero no demasiado, escasa
humedad, una brisa suave removiendo el aire y mecién-
dose en tu nuca, en tu rostro, en tus brazos desnudos.
En cuanto se acaban las clases, te largas a Grove Park
con tu pandilla de amigos a jugar un partidillo de béis-
bol. Grove Park no es tanto un parque como una espe-
cie de campo municipal, un amplio rectángulo de
césped bien cuidado flanqueado de casas por los cuatro
costados, un sitio agradable, uno de los espacios públi-
cos más encantadores de tu pequeña ciudad de Nueva
Jersey, y sueles ir allà con tus amigos a jugar al béisbol,
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porque eso es lo que más te gusta, y juegas durante
horas y horas sin cansarte ni un momento. No hay
presencia de adultos. Establecéis vuestras propias reglas
de juego y arregláis desacuerdos entre vosotros; en su
mayor parte con palabras, de vez en cuando con los
puños. Más de cincuenta años después, no recuerdas
nada del partido jugado aquella tarde, pero sà te acuer-
das de lo siguiente: el partido ha concluido, y estás solo
en medio del cuadro, jugando a recoger la pelota, es
decir, tirando la bola hacia lo alto y siguiendo su ascen-
so y descenso hasta que aterriza en tu guante, momen-
to en el cual vuelves a arrojar la pelota al aire, y siempre
que la tiras llega más alto que la vez anterior, con lo que
al cabo de varios lanzamientos llegas a alturas sin pre-
cedentes, la bola ya se sostiene muchos segundos en el
aire, la pelota blanca subiendo frente al claro cielo azul,
y estás entregado con todo tu ser a esa estúpida activi-
dad, tu concentración es total, nada existe ahora salvo
la bola, el cielo y tu guante, lo que significa que tienes
la cara vuelta hacia arriba, que estás mirando a lo alto
mientras sigues la trayectoria de la pelota, y por tanto
ya no eres consciente de lo que ocurre en el suelo, y lo
que pasa en la tierra mientras miras al cielo es que algo
o alguien va a chocar inesperadamente contigo, y el
impacto es tan súbito, tan violento, de fuerza tan abru-
madora que caes derribado en el acto, sintiéndote como
si te hubiera atropellado un carro blindado. Lo más
fuerte del golpe se lo lleva tu cabeza, la frente en par-
ticular, pero el torso también resulta maltrecho, y
mientras estás tendido tratando de recobrar el aliento,
aturdido y casi inconsciente, ves que te sale sangre de
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la frente, no, no te sale, te mana a borbotones, asà que
te quitas la camiseta blanca y la aprietas contra el pun-
to sangrante, y en cuestión de segundos la camiseta
blanca se vuelve completamente roja. Los demás chicos
se asustan. Acuden precipitadamente hacia ti para hacer
lo posible por ayudarte, y sólo entonces comprendes lo
que ha pasado. Parece que uno de tus amigos, un bru-
to larguirucho, de buen corazón, llamado B. T. (recuer-
das su nombre pero no lo vas a divulgar aquÃ, porque
no quieres ponerlo en evidencia; si es que aún vive),
estaba tan impresionado por tus imponentes lanzamien-
tos a gran altura que se le metió en la cabeza participar
en el juego, y sin molestarse en avisarte de que él tam-
bién iba a recoger uno de tus lanzamientos, echó a
correr hacia la bola que descendÃa, mirando hacia arri-
ba, claro está, y con la boca desencajada de aquella
forma suya zafia y torpe (¿qué persona corre con la boca
abierta de par en par?), y cuando se estrelló contra ti
un momento después, corriendo a galope tendido, los
dientes que le asomaban por la boca abierta se te cla-
varon directamente en la cabeza. De ahà la sangre que
te chorrea, de ahà la profundidad de la herida por en-
cima del ojo izquierdo. Afortunadamente, la consulta
del médico de cabecera de tu familia está justo enfren-
te, en una de las casas que flanquean el perÃmetro de
Grove Park. Los chicos deciden llevarte inmediatamen-
te allÃ, y asà cruzas el parque, sujetándote la ensangren-
tada camiseta sobre la cabeza en compañÃa de tus
amigos, cuatro de ellos quizá, tal vez seis, ya no te
acuerdas, e irrumpÃs en tropel en la consulta del doctor
Kohn. (No has olvidado su nombre, como también
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recuerdas el de tu maestra del jardÃn de infancia, la
señorita Sandquist, y el de los demás profesores que
tuviste de niño.) La recepcionista os dice a ti y tus
amigos que el doctor Kohn está viendo a un paciente
en ese momento, y antes de que pueda levantarse de la
silla para informar al médico de que hay una urgencia
que atender, tus amigos y tú entráis con paso firme en
la sala de consulta sin molestaros en llamar. Os encon-
tráis al doctor Kohn hablando con una mujer regorde-
ta de mediana edad sentada en la camilla de reconoci-
miento y vestida únicamente con bragas y sostén. La
mujer emite un grito de sorpresa, pero en cuanto el
doctor ve la sangre que te brota de la herida, dice a la
mujer que se vista y se vaya, a tus amigos que se esfu-
men, y luego se apresura a emprender la tarea de coser-
te la herida. Es un procedimiento doloroso, porque no
hay tiempo de administrar anestesia, pero haces lo que
puedes por no dar alaridos mientras te ensarta los pun-
tos entre la piel. Su trabajo quizá no sea tan brillante
como el ejecutado por el médico que te cosió la mejilla
en 1950, pero resulta eficaz a pesar de todo, porque
entonces no te desangraste y ahora no tienes un aguje-
ro en la cabeza. Unos dÃas después, asistes con tus
compañeros de sexto curso a la ceremonia de gradua-
ción de la escuela primaria. Te han elegido portaestan-
darte, lo que significa que debes llevar la bandera esta-
dounidense por un pasillo y colocarla en el salón de
actos en un soporte ya dispuesto en el escenario. Tienes
la cabeza envuelta en un vendaje blanco de gasa, y como
de cuando en cuando te rezuma un poco de sangre por
donde te dieron los puntos, se va extendiendo una gran
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mancha por la gasa blanca. Después de la ceremonia,
tu madre te explica que cuando ibas por el pasillo con
la bandera, le recordabas un cuadro con un héroe mal-
trecho de la Guerra de Independencia. Ya sabes, dice,
como el de The Spirit of â76.
Lo que ejerce presión sobre ti, lo que siempre ha
ejercido presión sobre ti: el exterior, es decir, la atmós-
fera; o bien, más concretamente, tu cuerpo en medio
del aire que te rodea. Las plantas de los pies ancladas
en el suelo, pero el resto de ti expuesto al aire, y ahà es
donde comienza la historia, en tu cuerpo, en donde
todo terminará también. De momento, estás pensando
en el viento. Más adelante, si hay tiempo, pensarás en
el calor y el frÃo, las infinitas variedades de lluvia, las
nieblas que has atravesado a tientas como un hombre
sin ojos, el demencial tamborileo del granizo, como de
ametralladora, repiqueteando en la tejas de aquella casa
del departamento de Var. Pero es el viento lo que aho-
ra te llama la atención, porque el aire rara vez está
quieto, y más allá del hálito apenas perceptible de la
nada que en ocasiones te rodea, hay brisas y cadencias
que flotan, las súbitas ráfagas y borrascas, el mistral de
tres dÃas que más de una vez soportaste en aquella casa
con techumbre de tejas, los vientos del nordeste que
barren la costa atlántica con aguaceros que calan hasta
los huesos, las tormentas y huracanes, los ciclones.
Y ahà estás, hace veintiún años, recorriendo las calles
de Ãmsterdam camino de un acto que han cancelado
sin tu conocimiento, procurando cumplir diligente-
mente con el compromiso que has contraÃdo, a la in-
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temperie, en lo que después se denominó la tormenta
del siglo, un huracán de tan virulenta intensidad que al
cabo de una hora de tu desacertada y terca decisión de
atreverte a poner el pie en la calle, en cada esquina de
la ciudad habrá grandes árboles arrancados de raÃz,
chimeneas que caerán al suelo y coches que saldrán
volando de su aparcamiento. Caminas de cara al vien-
to, tratando de avanzar a lo largo de la acera, pero a
pesar de tus esfuerzos por llegar a donde te diriges, no
logras moverte. El viento arremete contra ti, y durante
un minuto y medio te quedas inmovilizado.
Tus manos sobre el puente Haâpenny de DublÃn
trece eneros atrás, la noche siguiente a otro huracán
con vientos de ciento sesenta kilómetros por hora, la
última noche de la pelÃcula que llevas dos meses diri-
giendo, la última escena, la última toma, sólo cuestión
de enfocar la cámara sobre la mano enguantada de tu
actriz protagonista mientras gira la muñeca y suelta una
pequeña piedra que caerá en las aguas del Liffey. Es
facilÃsimo, ninguna toma ha exigido menos esfuerzo ni
ingenio en todo el rodaje, pero estás en la frÃa, húmeda
y oscura noche azotada por el viento, más agotado que
nunca al cabo de nueve semanas de penoso trabajo en
una producción erizada de innumerables problemas (de
presupuesto, de exteriores, sindicales, climatológicos),
con siete kilos menos que cuando empezaste, y después
de estar durante horas en el puente con tu equipo, el
frÃo y húmedo aire irlandés te ha calado hasta los hue-
sos, y llega un momento justo antes de la toma final en
que te das cuenta de que tienes las manos congeladas,
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de que no puedes mover los dedos, de que tus manos
se han convertido en dos bloques de hielo. ¿Por qué no
te has puesto guantes?, te preguntas, pero eres incapaz
de contestarte, porque la idea de los guantes ni siquie-
ra se te ha ocurrido cuando salÃas del hotel hacia el
puente. Filmas la última toma una vez más, y luego el
productor y tú, junto con la actriz, su novio y varios
miembros del equipo, os dirigÃs a un pub cercano para
descongelaros y celebrar la finalización del rodaje. El
local está abarrotado, a rebosar, una cámara de eco
atestada de gente vociferante y bullanguera que se
mueve de acá para allá en un estado de júbilo apoca-
lÃptico, pero hay una mesa reservada para ti y tus ami-
gos, de modo que os sentáis, y en el momento en que
tu cuerpo toma contacto con la silla te das cuenta de
que estás sin fuerzas, desprovisto de todo vigor fÃsico,
de toda energÃa emocional, extenuado de una forma
que nunca habrÃas imaginado que fuera posible, tan
abatido que piensas que en cualquier momento vas a
romper a llorar. Pides un whisky, y cuando coges el vaso
y te lo llevas a los labios, te animas al observar que
puedes mover los dedos otra vez. Pides otro whisky,
luego otro, después un cuarto, y de pronto te quedas
dormido. Pese al frenesà que te rodea, logras seguir
durmiendo hasta que el productor, excelente persona,
te ayuda a ponerte en pie y medio a rastras, medio a
cuestas, te lleva de vuelta al hotel.
SÃ, bebes mucho y fumas demasiado, has perdido
dientes sin molestarte en reemplazarlos, tu régimen
alimenticio no se ajusta a los preceptos de la ciencia
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nutricional de nuestros dÃas, pero si evitas la mayor
parte de las verduras es sencillamente porque no te
gustan, y encuentras difÃcil, si no imposible, comer lo
que no te apetece. Sabes que tu mujer está preocupada
por ti, sobre todo por lo que bebes y fumas, pero afor-
tunadamente, hasta ahora, los rayos X no han revelado
daño alguno en los pulmones, los análisis de sangre no
han indicado estragos de ningún tipo en el hÃgado, de
manera que sigues adelante con tus inmundos hábitos,
sabiendo perfectamente que acabarán causándote gra-
ves perjuicios, pero cuanto más viejo te haces menos
probable parece que alguna vez vayas a tener la fuerza
de voluntad o el valor de abandonar tus adorados pu-
ritos y frecuentes copas de vino, que tanto placer te han
procurado a lo largo de los años, y a veces piensas que
si tuvieras que suprimir esas cosas de tu vida a estas
alturas, tu cuerpo simplemente se vendrÃa abajo, tu
organismo dejarÃa de funcionar. Sin duda eres una
persona precaria y dolida, un hombre que lleva una
herida en su interior desde el principio mismo (¿por
qué, si no, te has pasado toda tu vida adulta vertiendo
palabras como sangre en una hoja de papel?), y las re-
compensas que te brindan el alcohol y el tabaco te
sirven de muletas para que tu lisiado ser se mantenga
erguido y pueda moverse por el mundo. Automedica -
ción, como lo llama tu mujer. A diferencia de la madre
de tu madre, ella no quiere que seas de otra manera. Tu
mujer tolera tus debilidades y no te riñe ni te suelta
sermones, y si se preocupa, es sólo porque quiere que
vivas eternamente. Enumeras las razones por las que te
has mantenido tan unido a ella durante tantos años, y
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sin duda ésa es una más, una de las brillantes estrellas
que titilan en la vasta constelación del amor perdurable.
Toses, ni que decir tiene, sobre todo por la noche,
cuando tu cuerpo se encuentra en posición horizontal,
y en esas madrugadas en que los bronquios están obs-
truidos más de la cuenta, te levantas de la cama, vas a
otra habitación, y toses como loco hasta expectorar toda
la porquerÃa. Según tu amigo Spiegelman (el fumador
más ferviente que conoces), siempre que alguien le
pregunta por qué fuma, responde indefectiblemente:
«Porque me gusta toser.»
1952. A los cinco años, desnudo en la bañera, solo,
lo bastante mayor para lavarte sin ayuda, y mientras
estás tendido de espaldas en el agua caliente, tu pene se
pone firme de pronto, emergiendo por encima de la
lÃnea de flotación. Hasta ese momento, sólo te has visto
el pene desde arriba, de pie y mirando hacia abajo, pero
desde esta nueva posición estratégica, más o menos a la
altura de la vista, se te ocurre que la punta de tu órgano
masculino circuncidado guarda un sorprendente pare-
cido con un casco. Un tipo anticuado de casco, como
el que los bomberos llevaban a finales del siglo xix . Esa
revelación te resulta agradable, porque en esta coyuntu-
ra de tu vida tu mayor ambición es llegar a ser bombero,
que consideras el trabajo más heroico sobre la faz de la
tierra (sin duda lo es), y qué adecuado es que tengas un
casco de bombero esculpido en tu propia persona, pre-
cisamente en la parte del cuerpo, además, que parece y
funciona como una manguera.
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Los innumerables y fuertes apretones que has sen-
tido durante el curso de tu vida, los momentos deses-
perados en que has tenido la urgente y abrumadora
necesidad de vaciar la vejiga sin un servicio a mano, las
veces en que te has encontrado en un atasco de tráfico,
por ejemplo, o sentado en un metro detenido entre
estaciones, y la auténtica agonÃa de tener que aguantar-
te. Es éste un dilema universal del que nadie habla
nunca, pero en el que todo el mundo se ha encontrado
en uno u otro momento, todo el mundo ha pasado por
él, y aunque no hay ejemplo de padecimiento humano
más cómico que el de tener la vejiga a punto de reven-
tar, uno tiende a no reÃrse de tales incidentes hasta que
logra orinar: porque ¿qué persona de más de tres años
de edad querrÃa mearse encima delante de la gente? Por
eso jamás olvidarás las palabras que le dirigió a un
amigo tuyo su padre moribundo: «No lo olvides, Char-
lie», le dijo, «nunca dejes pasar una oportunidad de
mear.» Y asà la sabidurÃa intemporal pasa de una gene-
ración a la siguiente.
Una vez más, es 1952, y vas en el asiento trasero
del coche familiar, el De Soto azul de 1950 con el que
tu padre apareció en casa el dÃa que nació tu hermana.
Conduce tu madre, lleváis un tiempo en la carretera,
ya no recuerdas de dónde venÃais, pero estáis de vuelta,
a no más de diez o quince minutos de casa, y desde
hace un rato te estás haciendo pis, la presión en la ve-
jiga se ha ido incrementando de continuo, y ahora ya
estás retorciéndote en el asiento de atrás, las piernas
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cruzadas, la mano sujetándote las ingles, dudando de
si podrás resistir mucho más. Expones a tu madre tu
apurada situación, y te pregunta si puedes aguantar
otros diez minutos. No, le contestas, te parece que no.
En ese caso, sugiere ella, como no hay sitio en donde
parar hasta que lleguemos a casa, háztelo en los panta-
lones. Te parece una idea tan radical, tal traición a lo
que consideras tu independencia masculina, ganada
con tanto esfuerzo, que apenas das crédito a lo que te
acaba de decir. ¿Mearme encima?, quieres saber. SÃ,
háztelo en los pantalones, te repite. ¿Qué más te da?
En cuanto lleguemos a casa meteré tu ropa en la lava-
dora. Y asà ocurre, con la plena y explÃcita aprobación
de tu madre, que te haces pis en los pantalones por
última vez.
Cincuenta años después, vas en otro coche, esta vez
en uno de alquiler porque no tienes vehÃculo propio,
un nuevo y flamante Toyota Corolla en el que vas con-
duciendo desde hace tres horas de vuelta de Connecti-
cut a tu casa de Brooklyn. Es agosto de 2002. Tienes
cincuenta y cinco años y conduces desde los diecisiete,
siempre con pericia y confianza en ti mismo, con fama
de buen conductor entre quienes han viajado contigo,
sin accidente alguno en tu historial salvo un paracho-
ques rayado en cerca de cuarenta años al volante. Tu
mujer va delante contigo en el asiento de tu derecha, y
atrás, tu hija de quince años (que acaba de terminar un
curso de interpretación en una escuela de verano de
Connecticut), tumbada de cualquier manera y dormi-
da sobre el edredón y las almohadas que le han servido
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de ropa de cama durante el último mes. También dor-
mido en la parte trasera va tu perro, el desgreñado
chucho callejero que tu hija y tú recogisteis en la calle
hace ocho años, y a quien llamaste Jack (en honor de
Jack Wilton, el protagonista de El viajero desgraciado,
de Nashe) y que desde entonces se ha convertido en un
querido aunque alocado miembro de la familia. A tu
mujer, que se preocupa por muchas cosas, nunca le ha
inquietado tu forma de conducir, y en realidad te ha
felicitado muchas veces por lo bien que te desenvuelves
en todo tipo de tráfico: adelantando a otros coches en
autovÃas de varios carriles, por ejemplo, sorteando el
dédalo de calles del centro urbano, o salvando las cur-
vas y virajes de carreteras rurales. Hoy, sin embargo,
nota que algo va mal, que no estás concentrado como
es debido, que tu tiempo de respuesta deja que desear,
y más de una vez te ha dicho que te fijes en lo que
haces. A estas alturas no deberÃas caer en el error de
poner en duda las palabras de tu mujer, porque posee
una increÃble capacidad de leer los pensamientos ajenos,
de atisbar el alma de los demás, de olfatear el oculto
trasfondo de cualquier situación humana, y una y otra
vez te has maravillado de lo precisa que puede ser su
intuición, pero en este dÃa en particular su ansiedad es
tan aguda que ha empezado a atacarte los nervios.
¿Acaso no tienes fama de buen conductor?, le preguntas.
¿Has tenido un accidente alguna vez? ¿HarÃas algo que
pusiera en peligro la vida de quienes más quieres en el
mundo? No, contesta ella, por supuesto que no, no
sabe qué bicho le habrá picado, y una vez que llegáis a
las cabinas de peaje del puente de Triborough, le dices:
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Mira, Nueva York, ya casi estamos en casa, y después
de eso te promete no decir una palabra más sobre tu
forma de conducir. Pero algo pasa, aunque no estés
dispuesto a reconocerlo, porque es 2002, y como te han
ocurrido tantas cosas en este año de sombrÃas sorpresas,
¿por qué no vas a perder tu pericia con los automóviles
de forma súbita e inexplicable? Lo peor de todo, la
muerte de tu madre a mediados de mayo (ataque al
corazón), que te dejó pasmado no sólo porque no sabÃas
que una persona de setenta y siete años pudiera morir
de repente, sino porque en apariencia gozaba de buena
salud, y justo la vÃspera del último dÃa de su vida, ha-
blaste con ella por teléfono y estaba de buen humor,
contando chistes e historias tan divertidas que después
de colgar dijiste a tu mujer: «Hace años que no estaba
tan contenta.» La muerte de tu madre ha sido lo peor
de todo, pero también está el trombo que se te formó
en la pierna izquierda durante un vuelo en clase turis-
ta a Copenhague a principios de febrero, que te tuvo
varias semanas en cama y te obligó a caminar con bas-
tón durante meses, por no hablar del problema que has
tenido en los ojos, la rotura de córnea del ojo izquier-
do para empezar, luego la rotura de la córnea derecha
unas semanas después, seguidas de repetidas inciden-
cias, enteramente aleatorias en uno u otro ojo a lo
largo de los últimos meses, y como la lesión siempre se
produce mientras duermes, no puedes hacer nada para
evitarlo (pues la pomada recetada por el oftalmólogo
no ha surtido efecto alguno), y las mañanas en que te
despiertas con otra rotura de córnea, el dolor es atroz,
porque los ojos constituyen sin duda la parte más sen-
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sible y vulnerable del cuerpo, y después de ponerte las
gotas analgésicas que te ha recetado el médico para
tales emergencias, por lo general pasan dos horas antes
de que el dolor empiece a desaparecer, y en ese espacio
de tiempo no hay nada que puedas hacer aparte de
sentarte y estar quieto con una toallita frÃa en el ojo
afectado, que mantienes cerrado, porque si lo abres
sentirás como si te clavaran un alfiler. Seis meses sitia-
do por la pierna de turista, pues, y una afección cróni-
ca de sequedad en los ojos, aparte del primer ataque de
pánico de tu vida, que te sobrevino dos dÃas después
de la muerte de tu madre, seguido de otros más en los
dÃas inmediatamente posteriores, y durante un tiempo
te viene pareciendo que te estás desintegrando, que tú,
otrora hércules de la naturaleza, capaz de resistir todos
los embates de dentro y de fuera, inmune a las tribula-
ciones somáticas y psicológicas que persiguen al resto
de la humanidad, te vas quedando sin energÃas y con-
virtiéndote rápidamente en un desecho de lo más pe-
noso. Tu médico de cabecera te ha recetado pastillas
para controlar los ataques de pánico, y puede que sea
ese medicamento lo que influye esta tarde en tu capa-
cidad para conducir, pero no te parece probable, porque
ya te has sentado al volante con esas pastillas en el or-
ganismo, y ni tu mujer ni tú habéis notado cambio
alguno. En malas condiciones o no, ya has pasado la
cabina de peaje del puente de Triborough iniciando
la etapa final del viaje a casa, y mientras conduces
por la ciudad no estás pensando en tu madre, ni en tus
ojos, ni en tu pierna ni en las pastillas que te tragas para
contener los ataques de pánico. Sólo piensas en el coche
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y en los cuarenta o cincuenta minutos que tardarás en
llegar a tu casa de Brooklyn, y ahora que tu mujer se
ha calmado y ya no parece preocupada por tu forma de
conducir, tú también estás tranquilo, y no ocurre nada
fuera de lo corriente mientras recorres los kilómetros
que separan el puente de los aledaños de tu barrio.
Cierto es que tienes que mear, que la vejiga te está
enviando señales desde hace veinte minutos, cada vez
más rápidas y acuciantes, mensajes de peligro, y por
tanto conduces algo más deprisa de lo que debieras,
porque estás doblemente deseoso de llegar a casa, en
primer lugar por estar en casa y por el alivio de salir de
los opresivos confines del coche, pero también porque
una vez allà podrás subir corriendo las escaleras, entrar
en el baño y orinar, y aunque pisas el acelerador un
poco más de lo que debes, todo va bien, y ahora sólo
estás a dos minutos y medio de la calle en que vives. El
coche circula por la Cuarta Avenida, un feo tramo de
destartalados edificios de apartamentos y almacenes
vacÃos, y como el tránsito de peatones es escaso a lo
largo de esas manzanas, los conductores rara vez han
de preocuparse de si alguien cruza la calle, y además los
semáforos se quedan en verde durante intervalos más
largos que en la mayorÃa de las avenidas, lo que anima
a ir deprisa, demasiado rápido, a veces muy por encima
del lÃmite de velocidad. Eso no plantea problema algu-
no si vas en lÃnea recta (por eso has escogido esta ruta,
al fin y al cabo: por aquà llegarás a casa antes que por
cualquier otro sitio), pero la avalancha de coches pue-
de suponer que girar a la izquierda resulte un tanto
peligroso, porque se ha de torcer con el semáforo en
28
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verde, y aunque esté verde para ti, también lo está para
los coches que vienen a toda velocidad en dirección
opuesta. Ahora, cuando llegas a la intersección de la
Cuarta Avenida y la calle Tres, en donde debes hacer
ese giro a la izquierda que te llevará a casa, paras el
coche y aguardas a que se abra un hueco, y de pronto
olvidas la lección aprendida de tu padre cuando te
enseñó a conducir hará cerca de cuarenta años. Era un
conductor horroroso, incompetente, un automovilista
distraÃdo, que soñaba despierto al volante y se exponÃa
al desastre cada vez que giraba la llave de contacto, pero
a pesar de sus defectos era un excelente profesor para
los demás, y el mejor consejo que te dio en la vida fue
el siguiente: conduce a la defensiva; procede en el su-
puesto de que todos los que están en la carretera están
locos y son idiotas; no des nada por sentado. Siempre
has tenido esas palabras muy presentes en el pensamien-
to, y te han servido de mucho durante todos estos años,
pero ahora, como estás desesperado por vaciar la vejiga,
como las pastillas te han afectado al buen juicio, porque
estás cansado y no prestas la atención debida, o por-
que te has convertido en un desecho de lo más penoso,
impulsivamente decides correr el riesgo, es decir, con-
ducir de forma agresiva. Una furgoneta marrón viene
hacia ti. Deprisa, sÃ, pero no pasa de setenta kilómetros
por hora, ochenta todo lo más, y después de calcular la
distancia de la furgoneta en relación con su velocidad
y el punto en donde te has parado, tienes la seguridad
de que podrás girar a la izquierda y cruzar la intersección
sin problema alguno; pero sólo si actúas rápidamente
y pisas ahora mismo el acelerador. Tus cálculos, sin
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embargo, se basan en la creencia de que la furgoneta
circula a setenta u ochenta kilómetros por hora, lo que
en realidad no es cierto. Va más deprisa, al menos a
noventa y cinco, tal vez a cien, y por tanto, una vez que
inicias el giro a la izquierda y empiezas a cruzar veloz-
mente la intersección, la furgoneta se te viene encima,
y como estás mirando hacia delante y no a la derecha,
no ves que se va a estrellar contigo: un golpe en ángu-
lo de noventa grados, directamente contra la puerta del
asiento del pasajero, el lado en el que va sentada tu
mujer. El impacto es atronador, convulsivo, catastrófi-
co: una explosión lo bastante fuerte para destruir el
mundo. Tienes la impresión de que Zeus ha arrojado
un rayo contra ti y tu familia, y un instante después el
coche, fuera de control, empieza a dar vueltas como un
trompo, girando frenéticamente por la calle hasta cho-
car contra una farola y detenerse con un brusco chirri-
do. Entonces todo enmudece, el universo entero se
envuelve en un manto de silencio, y cuando al fin pue-
des pensar de nuevo, lo primero que te viene a la cabe-
za es que estás vivo. Miras a tu mujer y ves que tiene
los ojos abiertos, que respira y por tanto está sana y
salva, y luego te vuelves a la parte de atrás, a mirar a tu
hija, y ella también está viva, arrancada de las profun-
didades del sueño por la doble sacudida de la furgone-
ta y la farola, incorporada en el asiento y mirándote
con ojos enormes y perplejos, los labios más pálidos
que has visto nunca, labios tan blancos como el papel
en el que ahora escribes, y comprendes que se ha sal-
vado gracias a las almohadas y el edredón sobre el que
dormÃa, salvada en realidad por el hecho de que al
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dormir se relajan los músculos, y por tanto no tiene
huesos rotos, su cabeza no se ha visto lanzada contra
ninguna superficie dura, y no le pasará nada, no le pasa
nada, como tampoco al perro, que también iba dormi-
do sobre el edredón y las almohadas. Después te vuel-
ves de nuevo para echar otra mirada a tu mujer, la más
próxima al impacto de la colisión, y por la forma en
que está sentada a tu lado, tan quieta, tan callada, tan
ausente de lo que la rodea, temes que se haya roto el
cuello, su largo y esbelto cuello, el precioso cuello que
es el emblema mismo de su extraordinaria belleza. Le
preguntas cómo está, si tiene dolores y en ese caso
dónde, pero si logra contestar, emite una respuesta
apagada, pronunciada en voz tan baja que no oyes lo
que dice. Ahora empiezas a darte cuenta del ruido que
hay fuera del coche, están pasando cosas a tu alrededor,
varias cosas a la vez, y lo más perceptible es la histérica
voz de la mujer que conducÃa la furgoneta, que ahora
va de acá para allá, insultándote furiosamente por cau-
sar el accidente. (Más tarde te enterarás de que condu-
cÃa sin permiso, la furgoneta no era de ella, y además
habÃa tenido problemas con la policÃa en varias ocasio-
nes âlo que explicarÃa la vehemencia de su ira, porque
temÃa haber incurrido en un delitoâ, pero mientras ves
cómo te grita ahora, te quedas pasmado ante su egoÃs-
mo, asombrado de que ni siquiera se moleste en pre-
guntar si tu familia y tú os encontráis bien.) Como para
ocultar de la vista el atroz comportamiento de esta
mujer (que, para emplear palabras de tu padre, está loca
y a la vez es idiota), ocurre entonces un pequeño mila-
gro. Un hombre viene andando por la Cuarta Avenida,
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el único peatón de una calle en la que normalmente no
hay transeúntes, y contra todo pronóstico, toda lógica,
toda idea sobre cómo debe funcionar el mundo, el
viandante lleva ropa blanca de hospital, es un médico
joven, natural de India, de suave piel bronceada y fac-
ciones sumamente agradables, y al ver lo que acaba de
pasar se acerca al coche y empieza a hablar con calma
a tu mujer. Ya no hay cristal en la ventana, lo que le
permite asomarse al interior y hablarle en voz baja, con
su balsámica voz india, y mientras oyes cómo le hace
las preguntas habituales que un neurólogo harÃa a un
paciente â¿Cómo se llama? ¿Qué dÃa es hoy? ¿Quién es
el presidente?â, comprendes que está haciendo lo po-
sible por mantenerla consciente, para evitar que caiga
en un profundo estado de shock. Dado el impacto del
golpe, no te sorprende que de momento no distinga
los colores, que el mundo que se ofrece ante sus ojos
sólo sea visible en blanco y negro. El médico, que no
es una aparición sino un hombre de verdad (pero ¿cómo
no pensar en él como un espÃritu divino que ha venido
a salvar a tu mujer?), se queda a su lado hasta que llega
la ambulancia y el equipo de urgencias. Tu hija, Jack y
tú habéis salido ya del coche, pero tu mujer no debe
moverse, todo el mundo teme que se haya roto el cue-
llo, y mientras ves cómo los bomberos cortan la puerta
delantera con una cizalla hidráulica conocida popular-
mente como mandÃbulas de vida, examinas el coche
demolido y no comprendes cómo seguÃs respirando. El
coche parece un insecto aplastado. Las cuatro ruedas
pinchadas, desalineadas, torcidas, el lado del pasajero
abollado, y la parte trasera, la que se ha empotrado
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contra la farola, según ves ahora, está arrugada, no
queda ni un cristal en la luna. Poco a poco, los técni-
cos sanitarios sujetan a tu mujer con correas a una
tabla para mantenerla inmovilizada, la introducen con
suavidad en una ambulancia, os ponen en otra a tu
hija y a ti, y os conducen a los tres a la unidad de
traumatologÃa del Lutheran Medical Center de Bay
Ridge. Después de dos escáners y una serie de radio-
grafÃas, los médicos anuncian que tu mujer no tiene
ningún hueso roto en la espalda ni en el cuello. Feli-
ces, todos muy contentos, por tanto, pese a haber
visto la muerte de cerca, y cuando salÃs juntos del
hospital, tu mujer informa en son de broma de que
el médico encargado de realizar los escáners le dijo
que tenÃa el cuello más bonito y perfecto que habÃa
visto en la vida.
Ocho años y medio han pasado desde aquel dÃa, y
ni una sola vez te ha culpado tu esposa del accidente.
Dice que la mujer de la furgoneta conducÃa a velocidad
excesiva y por tanto fue enteramente responsable de lo
que pasó. Pero tú te guardas mucho de exonerarte a ti
mismo. SÃ, la mujer conducÃa demasiado deprisa, pero
en el fondo eso no tiene mucha importancia. Corriste
un riesgo que no debiste asumir, y ese error de juicio
continúa llenándote de vergüenza. Por eso al salir del
hospital juraste no volver a conducir, por eso no te has
sentado al volante de un coche desde el dÃa en que casi
mataste a tu familia. No porque hayas perdido la con-
fianza en ti mismo, sino porque estás avergonzado,
porque comprendes que por un momento casi fatal
33
- seguir leyendo
Paul Auster
Diario
de invierno
Traducción de Benito Gómez Ibáñez
EDITORIAL ANAGRAMA
BARCELONA
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TÃtulo de la edición original:
Winter Journal
Henry Holt and Company
Nueva York, 2012
Diseño de la colección: Julio Vivas y Estudio A
Ilustración: foto © Joyce George, Corbis / Cordon Press
Primera edición: febrero 2012
© De la traducción, Benito Gómez Ibáñez, 2012
© Paul Auster, 2012
c/o Guillermo Schavelzon & Asoc., Agencia Literaria
info@schavelzon.com
© EDITORIAL ANAGRAMA, S. A., 2012
Pedró de la Creu, 58
08034 Barcelona
ISBN: 978-84-339-7829-5
Depósito Legal: B. 1482-2012
Printed in Spain
Liberdúplex, S. L. U., ctra. BV 2249, km 7,4 - PolÃgono Torrentfondo
08791 Sant Llorenç dâHortons
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Piensas que nunca te va a pasar, imposible que te
suceda a ti, que eres la única persona del mundo a quien
jamás ocurrirán esas cosas, y entonces, una por una,
empiezan a pasarte todas, igual que le suceden a cual-
quier otro.
Tus pies descalzos en el suelo frÃo cuando te levan-
tas de la cama y vas a la ventana. Tienes seis años. Afue-
ra cae la nieve, y en el jardÃn las ramas de los árboles se
están poniendo blancas.
Habla ya antes de que sea demasiado tarde, y con-
fÃa luego en seguir hablando hasta que no haya más que
decir. Después de todo, se acaba el tiempo. Quizá sea
mejor que de momento dejes tus historias a un lado y
trates de indagar lo que ha sido vivir en el interior de
este cuerpo desde el primer dÃa que recuerdas estar vivo
hasta hoy. Un catálogo de datos sensoriales. Lo que
cabrÃa denominar fenomenologÃa de la respiración .
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Tienes diez años, es pleno verano y hace un calor
sofocante, tan húmedo y molesto que, incluso sentado
a la sombra de los árboles del jardÃn, se te llena de sudor
la frente.
Que ya no eres joven es un hecho indiscutible.
Dentro de un mes cumplirás sesenta y cuatro años, y
aunque eso no es ser demasiado viejo, no lo que todo
el mundo considerarÃa una edad provecta, no puedes
dejar de pensar en todos los que no han logrado llegar
tan lejos como tú. Ãse es un ejemplo de las diversas
cosas que podrÃan no pasar nunca pero que, en realidad,
han ocurrido.
El viento en tu rostro durante la tormenta de nieve
de la semana pasada. El espantoso aguijón del frÃo, y
tú ahà fuera, en las calles desiertas, preguntándote qué
te habrÃa llevado a salir de casa con aquella rugiente
tempestad, y sin embargo, aun cuando luchabas por
mantener el equilibrio, estaba el júbilo de aquel viento,
la euforia de ver las familiares calles empañadas de
blanco, convertidas en un remolino de nieve.
Placeres fÃsicos y dolores fÃsicos. Placeres sexuales
antes que nada, pero también el placer de la comida y
la bebida, el de reposar desnudo en un baño caliente,
de rascarse un picor, de estornudar y peerse, de quedar-
se una hora más en la cama, de volver la cara hacia el
sol en una templada tarde a finales de primavera o
principios de verano y sentir el calor que se difunde por
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la piel. Innumerables ocasiones, no pasa un dÃa sin
algún instante o instantes de placer fÃsico, y sin embar-
go los dolores son sin duda más persistentes y obstina-
dos, y en uno u otro momento han asaltado casi todas
las partes de tu cuerpo. Ojos y oÃdos, cabeza y cuello,
hombros y espalda, brazos y piernas, garganta y estó-
mago, tobillos y pies, por no mencionar el enorme
forúnculo que una vez te brotó en el carrillo izquierdo
del culo, llamado lobanillo por el médico, lo que a tus
oÃdos sonaba a dolencia medieval, y que durante una
semana te impidió sentarte en una silla.
La proximidad que tu menudo cuerpo guardaba
con el suelo, el cuerpo que te correspondÃa cuando
tenÃas tres y cuatro años, es decir, la brevedad de la
distancia entre tus pies y tu cabeza, y cómo las cosas en
que ya no te fijas constituÃan entonces una presencia y
preocupación constantes para ti: el pequeño mundo de
reptantes hormigas y monedas perdidas, de ramitas
caÃdas y abolladas chapas de botellas, de tréboles y
dientes de león. Pero sobre todo las hormigas. Son lo
que mejor recuerdas. Ejércitos de hormigas en marcha,
subiendo y bajando de sus pulverulentos montÃculos.
Tienes cinco años, estás en cuclillas sobre un hor-
miguero en el jardÃn, estudiando atentamente las idas
y venidas de tus diminutos amigos de seis patas. Sin ser
visto ni oÃdo, tu vecino de tres años se acerca sigilosa-
mente a tu espalda y te golpea en la cabeza con un
rastrillo de juguete. Las púas te atraviesan el cuero
cabelludo, la sangre te empieza a manar por el pelo y
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te corre hasta la nuca, y dando gritos entras corriendo
en casa, donde tu abuela te cura las heridas.
Palabras de tu abuela a tu madre: «Qué hombre tan
maravilloso serÃa tu padre... con que sólo fuera de otra
manera.»
Esta mañana, te despiertas en la penumbra de otro
amanecer de enero, con una luz difuminada, grisácea,
penetrando en el dormitorio, y ahà está el rostro de tu
mujer vuelto hacia ti, los ojos cerrados, aún profunda-
mente dormida, las mantas subidas hasta el cuello,
asomando únicamente la cabeza, y te maravilla lo pre-
ciosa que está, lo joven que parece, incluso ahora, trein-
ta años después de la primera vez que te acostaste con
ella, al cabo de treinta años de vivir bajo el mismo techo
y compartir la misma cama.
También nieva hoy, y cuando te levantas de la cama
y vas a la ventana, en el jardÃn las ramas de los árboles
se están poniendo blancas. Tienes sesenta y tres años.
Se te ocurre que durante el largo viaje de la niñez has-
ta aquà rara vez ha habido un momento en que no
hayas estado enamorado. Treinta años de matrimonio,
sÃ, pero en los treinta anteriores, ¿cuántos caprichos y
enamoramientos, cuántas pasiones, cuántos delirios y
afanes, cuántas oleadas de loco deseo? Desde el comien-
zo mismo de tu vida consciente, has sido un solÃcito
esclavo de Eros. Las chicas que amaste de niño, las
mujeres que quisiste ya hombre, cada una diferente de
las demás, delgadas unas y otras rellenas, bajas y altas,
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intelectuales y atléticas, sociables y temperamentales,
blancas y negras y algunas asiáticas, nada en su aparien-
cia te importaba realmente, todo estaba en la luz inte-
rior que percibieras en ella, la chispa del carácter, la
llama de la identidad revelada, y esa luz la hacÃa bella
para ti, aunque otros estuvieran ciegos ante la belleza
que tú veÃas, y entonces te morÃas por estar con ella,
cerca de ella, porque la belleza femenina es algo que
nunca has podido resistir. Ya desde tus primeros dÃas
de colegio, en la clase del jardÃn de infancia, donde te
enamoraste de la niña rubia de larga cola de caballo, la
señorita Sandquist te castigaba a menudo por escon-
derte con la niña de la que te habÃas prendado, los dos
juntos haciendo travesuras en algún rincón, pero tales
castigos no significaban nada para ti, porque estabas
enamorado y entonces el amor era tu debilidad, como
lo sigue siendo ahora.
El inventario de tus cicatrices, en particular las de
la cara, que ves cada mañana al mirarte en el espejo del
baño cuando te peinas o vas a afeitarte. Rara vez pien-
sas en ellas, pero cuando lo haces, entiendes que son
marcas que deja la vida, que el surtido de lÃneas irregu-
lares grabadas en la piel de tu rostro son letras del alfa-
beto secreto que narra la historia de quién eres, porque
cada cicatriz es la huella de una herida curada, y cada
herida era resultado de una inesperada colisión con el
mundo; es decir, de un accidente, de algo que no debÃa
ocurrir a la fuerza, porque por definición un accidente
es algo que no sucede necesariamente. Acontecimientos
contingentes en contraposición a hechos necesarios, y
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mientras te miras al espejo esta mañana comprendes
que toda vida es contingente, salvo por el único hecho
necesario de que antes o después tocará a su fin.
Tienes tres años y medio, y tu embarazada madre,
de veinticinco, te ha llevado de compras con ella a unos
grandes almacenes del centro de Newark. La acompa-
ña una amiga suya, la madre de un niño de también
tres años y medio. En cierto momento, tu pequeño
camarada y tú os soltáis de vuestras madres y echáis a
correr por los almacenes. Es un enorme espacio abier-
to, sin duda la mayor estancia en que has puesto jamás
los pies, y te estremeces visiblemente al poder transitar
a la carrera por aquel gigantesco estadio cubierto. Al
cabo, el niño y tú empezáis a lanzaros en plancha al
suelo para deslizaros por la pulida superficie, paseando
en trineo sin trineo, por asà decir, y ese juego resulta
tan agradable, procura un placer tan fascinante, que os
volvéis cada vez más temerarios, más atrevidos sobre
los objetivos que deseáis alcanzar. Llegáis a una parte
de la planta donde están realizando obras de reparación
o construcción, y sin molestaros en observar los obs-
táculos con que os podrÃais topar, de nuevo os arrojáis
en horizontal al suelo y surcáis la superficie lisa como
el cristal hasta que, cobrando velocidad, os precipitáis
hacia un banco de carpintero. Con un pequeño giro de
tu menudo cuerpo, crees que vas a evitar el choque
contra la pata de la mesa que se te viene encima, pero
en lo que no te fijas en la fracción de segundo que
empleas en cambiar de rumbo es en que de la pata
sobresale un clavo, largo y lo bastante abajo para quedar
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a la altura de tu cara, y antes de que puedas detenerte,
el clavo te atraviesa la mejilla cuando pasas volando
junto a la pata. Se te desgarra la mitad de la cara. Se-
senta años después, no tienes recuerdo alguno del ac-
cidente. Te acuerdas de las carreras y las planchas, pero
no del dolor, en absoluto de la sangre, y nada de cuan-
do te llevaron al hospital a toda prisa ni del médico que
te cosió la mejilla. Realizó un trabajo espléndido, decÃa
siempre tu madre, y como el trauma de ver a su primo-
génito con media cara arrancada nunca la abandonó,
lo repetÃa muchas veces: algo que ver con un refinado
método de doble sutura que redujo la señal al mÃnimo
y evitó que te quedaras desfigurado para toda la vida.
PodrÃas haber perdido el ojo, te aseguraba; o de mane-
ra más dramática: PodrÃas haberte matado. Sin duda
tenÃa razón. La cicatriz se ha ido haciendo cada vez más
tenue con el paso de los años, pero sigue ahà siempre
que la miras, y llevarás ese emblema de buena suerte
(¡con el ojo intacto, aún vivo!) hasta que te vayas a la
tumba.
Cicatrices de cejas partidas, una en la izquierda y
otra en la derecha, casi perfectamente simétricas, la
primera causada por una embestida a toda marcha
contra un muro de ladrillo jugando al balón prisionero
en una clase de gimnasia de la escuela primaria (apare-
ciste durante dÃas con un ojo enormemente morado,
que te recordaba una fotografÃa del boxeador Gene
Fullmer, derrotado por Sugar Ray Robinson en un
combate para el campeonato más o menos en la misma
época), y la segunda producida a los veintipocos años
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cuando al lanzar un gancho en un partido de balonces-
to al aire libre, te empujaron por detrás y te estampas-
te contra el poste metálico que sujetaba la canasta. Otra
cicatriz en la barbilla, de origen desconocido. Quizá
producida por una caÃda en la primera infancia, un
porrazo contra la acera o una piedra que te abrió el
mentón y te dejó señal, aún visible siempre que te
afeitas por la mañana. Ninguna leyenda acompaña a
esa cicatriz, tu madre nunca te habló de ella (al menos
que recuerdes), y te parece extraño, si no del todo des-
concertante, que esa marca permanente se te grabara
en la piel por lo que sólo puede denominarse una mano
invisible, que tu cuerpo haya sido territorio de aconte-
cimientos ya borrados de la historia.
Es junio de 1959. Tienes doce años, y dentro de
una semana terminarás con tus compañeros de sexto la
enseñanza primaria que cursas desde los cinco años.
Hace un dÃa espléndido, finales de primavera en su más
luminosa encarnación, el sol derramándose desde un
cielo azul sin nubes, calor pero no demasiado, escasa
humedad, una brisa suave removiendo el aire y mecién-
dose en tu nuca, en tu rostro, en tus brazos desnudos.
En cuanto se acaban las clases, te largas a Grove Park
con tu pandilla de amigos a jugar un partidillo de béis-
bol. Grove Park no es tanto un parque como una espe-
cie de campo municipal, un amplio rectángulo de
césped bien cuidado flanqueado de casas por los cuatro
costados, un sitio agradable, uno de los espacios públi-
cos más encantadores de tu pequeña ciudad de Nueva
Jersey, y sueles ir allà con tus amigos a jugar al béisbol,
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porque eso es lo que más te gusta, y juegas durante
horas y horas sin cansarte ni un momento. No hay
presencia de adultos. Establecéis vuestras propias reglas
de juego y arregláis desacuerdos entre vosotros; en su
mayor parte con palabras, de vez en cuando con los
puños. Más de cincuenta años después, no recuerdas
nada del partido jugado aquella tarde, pero sà te acuer-
das de lo siguiente: el partido ha concluido, y estás solo
en medio del cuadro, jugando a recoger la pelota, es
decir, tirando la bola hacia lo alto y siguiendo su ascen-
so y descenso hasta que aterriza en tu guante, momen-
to en el cual vuelves a arrojar la pelota al aire, y siempre
que la tiras llega más alto que la vez anterior, con lo que
al cabo de varios lanzamientos llegas a alturas sin pre-
cedentes, la bola ya se sostiene muchos segundos en el
aire, la pelota blanca subiendo frente al claro cielo azul,
y estás entregado con todo tu ser a esa estúpida activi-
dad, tu concentración es total, nada existe ahora salvo
la bola, el cielo y tu guante, lo que significa que tienes
la cara vuelta hacia arriba, que estás mirando a lo alto
mientras sigues la trayectoria de la pelota, y por tanto
ya no eres consciente de lo que ocurre en el suelo, y lo
que pasa en la tierra mientras miras al cielo es que algo
o alguien va a chocar inesperadamente contigo, y el
impacto es tan súbito, tan violento, de fuerza tan abru-
madora que caes derribado en el acto, sintiéndote como
si te hubiera atropellado un carro blindado. Lo más
fuerte del golpe se lo lleva tu cabeza, la frente en par-
ticular, pero el torso también resulta maltrecho, y
mientras estás tendido tratando de recobrar el aliento,
aturdido y casi inconsciente, ves que te sale sangre de
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la frente, no, no te sale, te mana a borbotones, asà que
te quitas la camiseta blanca y la aprietas contra el pun-
to sangrante, y en cuestión de segundos la camiseta
blanca se vuelve completamente roja. Los demás chicos
se asustan. Acuden precipitadamente hacia ti para hacer
lo posible por ayudarte, y sólo entonces comprendes lo
que ha pasado. Parece que uno de tus amigos, un bru-
to larguirucho, de buen corazón, llamado B. T. (recuer-
das su nombre pero no lo vas a divulgar aquÃ, porque
no quieres ponerlo en evidencia; si es que aún vive),
estaba tan impresionado por tus imponentes lanzamien-
tos a gran altura que se le metió en la cabeza participar
en el juego, y sin molestarse en avisarte de que él tam-
bién iba a recoger uno de tus lanzamientos, echó a
correr hacia la bola que descendÃa, mirando hacia arri-
ba, claro está, y con la boca desencajada de aquella
forma suya zafia y torpe (¿qué persona corre con la boca
abierta de par en par?), y cuando se estrelló contra ti
un momento después, corriendo a galope tendido, los
dientes que le asomaban por la boca abierta se te cla-
varon directamente en la cabeza. De ahà la sangre que
te chorrea, de ahà la profundidad de la herida por en-
cima del ojo izquierdo. Afortunadamente, la consulta
del médico de cabecera de tu familia está justo enfren-
te, en una de las casas que flanquean el perÃmetro de
Grove Park. Los chicos deciden llevarte inmediatamen-
te allÃ, y asà cruzas el parque, sujetándote la ensangren-
tada camiseta sobre la cabeza en compañÃa de tus
amigos, cuatro de ellos quizá, tal vez seis, ya no te
acuerdas, e irrumpÃs en tropel en la consulta del doctor
Kohn. (No has olvidado su nombre, como también
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recuerdas el de tu maestra del jardÃn de infancia, la
señorita Sandquist, y el de los demás profesores que
tuviste de niño.) La recepcionista os dice a ti y tus
amigos que el doctor Kohn está viendo a un paciente
en ese momento, y antes de que pueda levantarse de la
silla para informar al médico de que hay una urgencia
que atender, tus amigos y tú entráis con paso firme en
la sala de consulta sin molestaros en llamar. Os encon-
tráis al doctor Kohn hablando con una mujer regorde-
ta de mediana edad sentada en la camilla de reconoci-
miento y vestida únicamente con bragas y sostén. La
mujer emite un grito de sorpresa, pero en cuanto el
doctor ve la sangre que te brota de la herida, dice a la
mujer que se vista y se vaya, a tus amigos que se esfu-
men, y luego se apresura a emprender la tarea de coser-
te la herida. Es un procedimiento doloroso, porque no
hay tiempo de administrar anestesia, pero haces lo que
puedes por no dar alaridos mientras te ensarta los pun-
tos entre la piel. Su trabajo quizá no sea tan brillante
como el ejecutado por el médico que te cosió la mejilla
en 1950, pero resulta eficaz a pesar de todo, porque
entonces no te desangraste y ahora no tienes un aguje-
ro en la cabeza. Unos dÃas después, asistes con tus
compañeros de sexto curso a la ceremonia de gradua-
ción de la escuela primaria. Te han elegido portaestan-
darte, lo que significa que debes llevar la bandera esta-
dounidense por un pasillo y colocarla en el salón de
actos en un soporte ya dispuesto en el escenario. Tienes
la cabeza envuelta en un vendaje blanco de gasa, y como
de cuando en cuando te rezuma un poco de sangre por
donde te dieron los puntos, se va extendiendo una gran
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mancha por la gasa blanca. Después de la ceremonia,
tu madre te explica que cuando ibas por el pasillo con
la bandera, le recordabas un cuadro con un héroe mal-
trecho de la Guerra de Independencia. Ya sabes, dice,
como el de The Spirit of â76.
Lo que ejerce presión sobre ti, lo que siempre ha
ejercido presión sobre ti: el exterior, es decir, la atmós-
fera; o bien, más concretamente, tu cuerpo en medio
del aire que te rodea. Las plantas de los pies ancladas
en el suelo, pero el resto de ti expuesto al aire, y ahà es
donde comienza la historia, en tu cuerpo, en donde
todo terminará también. De momento, estás pensando
en el viento. Más adelante, si hay tiempo, pensarás en
el calor y el frÃo, las infinitas variedades de lluvia, las
nieblas que has atravesado a tientas como un hombre
sin ojos, el demencial tamborileo del granizo, como de
ametralladora, repiqueteando en la tejas de aquella casa
del departamento de Var. Pero es el viento lo que aho-
ra te llama la atención, porque el aire rara vez está
quieto, y más allá del hálito apenas perceptible de la
nada que en ocasiones te rodea, hay brisas y cadencias
que flotan, las súbitas ráfagas y borrascas, el mistral de
tres dÃas que más de una vez soportaste en aquella casa
con techumbre de tejas, los vientos del nordeste que
barren la costa atlántica con aguaceros que calan hasta
los huesos, las tormentas y huracanes, los ciclones.
Y ahà estás, hace veintiún años, recorriendo las calles
de Ãmsterdam camino de un acto que han cancelado
sin tu conocimiento, procurando cumplir diligente-
mente con el compromiso que has contraÃdo, a la in-
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temperie, en lo que después se denominó la tormenta
del siglo, un huracán de tan virulenta intensidad que al
cabo de una hora de tu desacertada y terca decisión de
atreverte a poner el pie en la calle, en cada esquina de
la ciudad habrá grandes árboles arrancados de raÃz,
chimeneas que caerán al suelo y coches que saldrán
volando de su aparcamiento. Caminas de cara al vien-
to, tratando de avanzar a lo largo de la acera, pero a
pesar de tus esfuerzos por llegar a donde te diriges, no
logras moverte. El viento arremete contra ti, y durante
un minuto y medio te quedas inmovilizado.
Tus manos sobre el puente Haâpenny de DublÃn
trece eneros atrás, la noche siguiente a otro huracán
con vientos de ciento sesenta kilómetros por hora, la
última noche de la pelÃcula que llevas dos meses diri-
giendo, la última escena, la última toma, sólo cuestión
de enfocar la cámara sobre la mano enguantada de tu
actriz protagonista mientras gira la muñeca y suelta una
pequeña piedra que caerá en las aguas del Liffey. Es
facilÃsimo, ninguna toma ha exigido menos esfuerzo ni
ingenio en todo el rodaje, pero estás en la frÃa, húmeda
y oscura noche azotada por el viento, más agotado que
nunca al cabo de nueve semanas de penoso trabajo en
una producción erizada de innumerables problemas (de
presupuesto, de exteriores, sindicales, climatológicos),
con siete kilos menos que cuando empezaste, y después
de estar durante horas en el puente con tu equipo, el
frÃo y húmedo aire irlandés te ha calado hasta los hue-
sos, y llega un momento justo antes de la toma final en
que te das cuenta de que tienes las manos congeladas,
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de que no puedes mover los dedos, de que tus manos
se han convertido en dos bloques de hielo. ¿Por qué no
te has puesto guantes?, te preguntas, pero eres incapaz
de contestarte, porque la idea de los guantes ni siquie-
ra se te ha ocurrido cuando salÃas del hotel hacia el
puente. Filmas la última toma una vez más, y luego el
productor y tú, junto con la actriz, su novio y varios
miembros del equipo, os dirigÃs a un pub cercano para
descongelaros y celebrar la finalización del rodaje. El
local está abarrotado, a rebosar, una cámara de eco
atestada de gente vociferante y bullanguera que se
mueve de acá para allá en un estado de júbilo apoca-
lÃptico, pero hay una mesa reservada para ti y tus ami-
gos, de modo que os sentáis, y en el momento en que
tu cuerpo toma contacto con la silla te das cuenta de
que estás sin fuerzas, desprovisto de todo vigor fÃsico,
de toda energÃa emocional, extenuado de una forma
que nunca habrÃas imaginado que fuera posible, tan
abatido que piensas que en cualquier momento vas a
romper a llorar. Pides un whisky, y cuando coges el vaso
y te lo llevas a los labios, te animas al observar que
puedes mover los dedos otra vez. Pides otro whisky,
luego otro, después un cuarto, y de pronto te quedas
dormido. Pese al frenesà que te rodea, logras seguir
durmiendo hasta que el productor, excelente persona,
te ayuda a ponerte en pie y medio a rastras, medio a
cuestas, te lleva de vuelta al hotel.
SÃ, bebes mucho y fumas demasiado, has perdido
dientes sin molestarte en reemplazarlos, tu régimen
alimenticio no se ajusta a los preceptos de la ciencia
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nutricional de nuestros dÃas, pero si evitas la mayor
parte de las verduras es sencillamente porque no te
gustan, y encuentras difÃcil, si no imposible, comer lo
que no te apetece. Sabes que tu mujer está preocupada
por ti, sobre todo por lo que bebes y fumas, pero afor-
tunadamente, hasta ahora, los rayos X no han revelado
daño alguno en los pulmones, los análisis de sangre no
han indicado estragos de ningún tipo en el hÃgado, de
manera que sigues adelante con tus inmundos hábitos,
sabiendo perfectamente que acabarán causándote gra-
ves perjuicios, pero cuanto más viejo te haces menos
probable parece que alguna vez vayas a tener la fuerza
de voluntad o el valor de abandonar tus adorados pu-
ritos y frecuentes copas de vino, que tanto placer te han
procurado a lo largo de los años, y a veces piensas que
si tuvieras que suprimir esas cosas de tu vida a estas
alturas, tu cuerpo simplemente se vendrÃa abajo, tu
organismo dejarÃa de funcionar. Sin duda eres una
persona precaria y dolida, un hombre que lleva una
herida en su interior desde el principio mismo (¿por
qué, si no, te has pasado toda tu vida adulta vertiendo
palabras como sangre en una hoja de papel?), y las re-
compensas que te brindan el alcohol y el tabaco te
sirven de muletas para que tu lisiado ser se mantenga
erguido y pueda moverse por el mundo. Automedica -
ción, como lo llama tu mujer. A diferencia de la madre
de tu madre, ella no quiere que seas de otra manera. Tu
mujer tolera tus debilidades y no te riñe ni te suelta
sermones, y si se preocupa, es sólo porque quiere que
vivas eternamente. Enumeras las razones por las que te
has mantenido tan unido a ella durante tantos años, y
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sin duda ésa es una más, una de las brillantes estrellas
que titilan en la vasta constelación del amor perdurable.
Toses, ni que decir tiene, sobre todo por la noche,
cuando tu cuerpo se encuentra en posición horizontal,
y en esas madrugadas en que los bronquios están obs-
truidos más de la cuenta, te levantas de la cama, vas a
otra habitación, y toses como loco hasta expectorar toda
la porquerÃa. Según tu amigo Spiegelman (el fumador
más ferviente que conoces), siempre que alguien le
pregunta por qué fuma, responde indefectiblemente:
«Porque me gusta toser.»
1952. A los cinco años, desnudo en la bañera, solo,
lo bastante mayor para lavarte sin ayuda, y mientras
estás tendido de espaldas en el agua caliente, tu pene se
pone firme de pronto, emergiendo por encima de la
lÃnea de flotación. Hasta ese momento, sólo te has visto
el pene desde arriba, de pie y mirando hacia abajo, pero
desde esta nueva posición estratégica, más o menos a la
altura de la vista, se te ocurre que la punta de tu órgano
masculino circuncidado guarda un sorprendente pare-
cido con un casco. Un tipo anticuado de casco, como
el que los bomberos llevaban a finales del siglo xix . Esa
revelación te resulta agradable, porque en esta coyuntu-
ra de tu vida tu mayor ambición es llegar a ser bombero,
que consideras el trabajo más heroico sobre la faz de la
tierra (sin duda lo es), y qué adecuado es que tengas un
casco de bombero esculpido en tu propia persona, pre-
cisamente en la parte del cuerpo, además, que parece y
funciona como una manguera.
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Los innumerables y fuertes apretones que has sen-
tido durante el curso de tu vida, los momentos deses-
perados en que has tenido la urgente y abrumadora
necesidad de vaciar la vejiga sin un servicio a mano, las
veces en que te has encontrado en un atasco de tráfico,
por ejemplo, o sentado en un metro detenido entre
estaciones, y la auténtica agonÃa de tener que aguantar-
te. Es éste un dilema universal del que nadie habla
nunca, pero en el que todo el mundo se ha encontrado
en uno u otro momento, todo el mundo ha pasado por
él, y aunque no hay ejemplo de padecimiento humano
más cómico que el de tener la vejiga a punto de reven-
tar, uno tiende a no reÃrse de tales incidentes hasta que
logra orinar: porque ¿qué persona de más de tres años
de edad querrÃa mearse encima delante de la gente? Por
eso jamás olvidarás las palabras que le dirigió a un
amigo tuyo su padre moribundo: «No lo olvides, Char-
lie», le dijo, «nunca dejes pasar una oportunidad de
mear.» Y asà la sabidurÃa intemporal pasa de una gene-
ración a la siguiente.
Una vez más, es 1952, y vas en el asiento trasero
del coche familiar, el De Soto azul de 1950 con el que
tu padre apareció en casa el dÃa que nació tu hermana.
Conduce tu madre, lleváis un tiempo en la carretera,
ya no recuerdas de dónde venÃais, pero estáis de vuelta,
a no más de diez o quince minutos de casa, y desde
hace un rato te estás haciendo pis, la presión en la ve-
jiga se ha ido incrementando de continuo, y ahora ya
estás retorciéndote en el asiento de atrás, las piernas
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cruzadas, la mano sujetándote las ingles, dudando de
si podrás resistir mucho más. Expones a tu madre tu
apurada situación, y te pregunta si puedes aguantar
otros diez minutos. No, le contestas, te parece que no.
En ese caso, sugiere ella, como no hay sitio en donde
parar hasta que lleguemos a casa, háztelo en los panta-
lones. Te parece una idea tan radical, tal traición a lo
que consideras tu independencia masculina, ganada
con tanto esfuerzo, que apenas das crédito a lo que te
acaba de decir. ¿Mearme encima?, quieres saber. SÃ,
háztelo en los pantalones, te repite. ¿Qué más te da?
En cuanto lleguemos a casa meteré tu ropa en la lava-
dora. Y asà ocurre, con la plena y explÃcita aprobación
de tu madre, que te haces pis en los pantalones por
última vez.
Cincuenta años después, vas en otro coche, esta vez
en uno de alquiler porque no tienes vehÃculo propio,
un nuevo y flamante Toyota Corolla en el que vas con-
duciendo desde hace tres horas de vuelta de Connecti-
cut a tu casa de Brooklyn. Es agosto de 2002. Tienes
cincuenta y cinco años y conduces desde los diecisiete,
siempre con pericia y confianza en ti mismo, con fama
de buen conductor entre quienes han viajado contigo,
sin accidente alguno en tu historial salvo un paracho-
ques rayado en cerca de cuarenta años al volante. Tu
mujer va delante contigo en el asiento de tu derecha, y
atrás, tu hija de quince años (que acaba de terminar un
curso de interpretación en una escuela de verano de
Connecticut), tumbada de cualquier manera y dormi-
da sobre el edredón y las almohadas que le han servido
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de ropa de cama durante el último mes. También dor-
mido en la parte trasera va tu perro, el desgreñado
chucho callejero que tu hija y tú recogisteis en la calle
hace ocho años, y a quien llamaste Jack (en honor de
Jack Wilton, el protagonista de El viajero desgraciado,
de Nashe) y que desde entonces se ha convertido en un
querido aunque alocado miembro de la familia. A tu
mujer, que se preocupa por muchas cosas, nunca le ha
inquietado tu forma de conducir, y en realidad te ha
felicitado muchas veces por lo bien que te desenvuelves
en todo tipo de tráfico: adelantando a otros coches en
autovÃas de varios carriles, por ejemplo, sorteando el
dédalo de calles del centro urbano, o salvando las cur-
vas y virajes de carreteras rurales. Hoy, sin embargo,
nota que algo va mal, que no estás concentrado como
es debido, que tu tiempo de respuesta deja que desear,
y más de una vez te ha dicho que te fijes en lo que
haces. A estas alturas no deberÃas caer en el error de
poner en duda las palabras de tu mujer, porque posee
una increÃble capacidad de leer los pensamientos ajenos,
de atisbar el alma de los demás, de olfatear el oculto
trasfondo de cualquier situación humana, y una y otra
vez te has maravillado de lo precisa que puede ser su
intuición, pero en este dÃa en particular su ansiedad es
tan aguda que ha empezado a atacarte los nervios.
¿Acaso no tienes fama de buen conductor?, le preguntas.
¿Has tenido un accidente alguna vez? ¿HarÃas algo que
pusiera en peligro la vida de quienes más quieres en el
mundo? No, contesta ella, por supuesto que no, no
sabe qué bicho le habrá picado, y una vez que llegáis a
las cabinas de peaje del puente de Triborough, le dices:
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Mira, Nueva York, ya casi estamos en casa, y después
de eso te promete no decir una palabra más sobre tu
forma de conducir. Pero algo pasa, aunque no estés
dispuesto a reconocerlo, porque es 2002, y como te han
ocurrido tantas cosas en este año de sombrÃas sorpresas,
¿por qué no vas a perder tu pericia con los automóviles
de forma súbita e inexplicable? Lo peor de todo, la
muerte de tu madre a mediados de mayo (ataque al
corazón), que te dejó pasmado no sólo porque no sabÃas
que una persona de setenta y siete años pudiera morir
de repente, sino porque en apariencia gozaba de buena
salud, y justo la vÃspera del último dÃa de su vida, ha-
blaste con ella por teléfono y estaba de buen humor,
contando chistes e historias tan divertidas que después
de colgar dijiste a tu mujer: «Hace años que no estaba
tan contenta.» La muerte de tu madre ha sido lo peor
de todo, pero también está el trombo que se te formó
en la pierna izquierda durante un vuelo en clase turis-
ta a Copenhague a principios de febrero, que te tuvo
varias semanas en cama y te obligó a caminar con bas-
tón durante meses, por no hablar del problema que has
tenido en los ojos, la rotura de córnea del ojo izquier-
do para empezar, luego la rotura de la córnea derecha
unas semanas después, seguidas de repetidas inciden-
cias, enteramente aleatorias en uno u otro ojo a lo
largo de los últimos meses, y como la lesión siempre se
produce mientras duermes, no puedes hacer nada para
evitarlo (pues la pomada recetada por el oftalmólogo
no ha surtido efecto alguno), y las mañanas en que te
despiertas con otra rotura de córnea, el dolor es atroz,
porque los ojos constituyen sin duda la parte más sen-
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sible y vulnerable del cuerpo, y después de ponerte las
gotas analgésicas que te ha recetado el médico para
tales emergencias, por lo general pasan dos horas antes
de que el dolor empiece a desaparecer, y en ese espacio
de tiempo no hay nada que puedas hacer aparte de
sentarte y estar quieto con una toallita frÃa en el ojo
afectado, que mantienes cerrado, porque si lo abres
sentirás como si te clavaran un alfiler. Seis meses sitia-
do por la pierna de turista, pues, y una afección cróni-
ca de sequedad en los ojos, aparte del primer ataque de
pánico de tu vida, que te sobrevino dos dÃas después
de la muerte de tu madre, seguido de otros más en los
dÃas inmediatamente posteriores, y durante un tiempo
te viene pareciendo que te estás desintegrando, que tú,
otrora hércules de la naturaleza, capaz de resistir todos
los embates de dentro y de fuera, inmune a las tribula-
ciones somáticas y psicológicas que persiguen al resto
de la humanidad, te vas quedando sin energÃas y con-
virtiéndote rápidamente en un desecho de lo más pe-
noso. Tu médico de cabecera te ha recetado pastillas
para controlar los ataques de pánico, y puede que sea
ese medicamento lo que influye esta tarde en tu capa-
cidad para conducir, pero no te parece probable, porque
ya te has sentado al volante con esas pastillas en el or-
ganismo, y ni tu mujer ni tú habéis notado cambio
alguno. En malas condiciones o no, ya has pasado la
cabina de peaje del puente de Triborough iniciando
la etapa final del viaje a casa, y mientras conduces
por la ciudad no estás pensando en tu madre, ni en tus
ojos, ni en tu pierna ni en las pastillas que te tragas para
contener los ataques de pánico. Sólo piensas en el coche
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y en los cuarenta o cincuenta minutos que tardarás en
llegar a tu casa de Brooklyn, y ahora que tu mujer se
ha calmado y ya no parece preocupada por tu forma de
conducir, tú también estás tranquilo, y no ocurre nada
fuera de lo corriente mientras recorres los kilómetros
que separan el puente de los aledaños de tu barrio.
Cierto es que tienes que mear, que la vejiga te está
enviando señales desde hace veinte minutos, cada vez
más rápidas y acuciantes, mensajes de peligro, y por
tanto conduces algo más deprisa de lo que debieras,
porque estás doblemente deseoso de llegar a casa, en
primer lugar por estar en casa y por el alivio de salir de
los opresivos confines del coche, pero también porque
una vez allà podrás subir corriendo las escaleras, entrar
en el baño y orinar, y aunque pisas el acelerador un
poco más de lo que debes, todo va bien, y ahora sólo
estás a dos minutos y medio de la calle en que vives. El
coche circula por la Cuarta Avenida, un feo tramo de
destartalados edificios de apartamentos y almacenes
vacÃos, y como el tránsito de peatones es escaso a lo
largo de esas manzanas, los conductores rara vez han
de preocuparse de si alguien cruza la calle, y además los
semáforos se quedan en verde durante intervalos más
largos que en la mayorÃa de las avenidas, lo que anima
a ir deprisa, demasiado rápido, a veces muy por encima
del lÃmite de velocidad. Eso no plantea problema algu-
no si vas en lÃnea recta (por eso has escogido esta ruta,
al fin y al cabo: por aquà llegarás a casa antes que por
cualquier otro sitio), pero la avalancha de coches pue-
de suponer que girar a la izquierda resulte un tanto
peligroso, porque se ha de torcer con el semáforo en
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verde, y aunque esté verde para ti, también lo está para
los coches que vienen a toda velocidad en dirección
opuesta. Ahora, cuando llegas a la intersección de la
Cuarta Avenida y la calle Tres, en donde debes hacer
ese giro a la izquierda que te llevará a casa, paras el
coche y aguardas a que se abra un hueco, y de pronto
olvidas la lección aprendida de tu padre cuando te
enseñó a conducir hará cerca de cuarenta años. Era un
conductor horroroso, incompetente, un automovilista
distraÃdo, que soñaba despierto al volante y se exponÃa
al desastre cada vez que giraba la llave de contacto, pero
a pesar de sus defectos era un excelente profesor para
los demás, y el mejor consejo que te dio en la vida fue
el siguiente: conduce a la defensiva; procede en el su-
puesto de que todos los que están en la carretera están
locos y son idiotas; no des nada por sentado. Siempre
has tenido esas palabras muy presentes en el pensamien-
to, y te han servido de mucho durante todos estos años,
pero ahora, como estás desesperado por vaciar la vejiga,
como las pastillas te han afectado al buen juicio, porque
estás cansado y no prestas la atención debida, o por-
que te has convertido en un desecho de lo más penoso,
impulsivamente decides correr el riesgo, es decir, con-
ducir de forma agresiva. Una furgoneta marrón viene
hacia ti. Deprisa, sÃ, pero no pasa de setenta kilómetros
por hora, ochenta todo lo más, y después de calcular la
distancia de la furgoneta en relación con su velocidad
y el punto en donde te has parado, tienes la seguridad
de que podrás girar a la izquierda y cruzar la intersección
sin problema alguno; pero sólo si actúas rápidamente
y pisas ahora mismo el acelerador. Tus cálculos, sin
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embargo, se basan en la creencia de que la furgoneta
circula a setenta u ochenta kilómetros por hora, lo que
en realidad no es cierto. Va más deprisa, al menos a
noventa y cinco, tal vez a cien, y por tanto, una vez que
inicias el giro a la izquierda y empiezas a cruzar veloz-
mente la intersección, la furgoneta se te viene encima,
y como estás mirando hacia delante y no a la derecha,
no ves que se va a estrellar contigo: un golpe en ángu-
lo de noventa grados, directamente contra la puerta del
asiento del pasajero, el lado en el que va sentada tu
mujer. El impacto es atronador, convulsivo, catastrófi-
co: una explosión lo bastante fuerte para destruir el
mundo. Tienes la impresión de que Zeus ha arrojado
un rayo contra ti y tu familia, y un instante después el
coche, fuera de control, empieza a dar vueltas como un
trompo, girando frenéticamente por la calle hasta cho-
car contra una farola y detenerse con un brusco chirri-
do. Entonces todo enmudece, el universo entero se
envuelve en un manto de silencio, y cuando al fin pue-
des pensar de nuevo, lo primero que te viene a la cabe-
za es que estás vivo. Miras a tu mujer y ves que tiene
los ojos abiertos, que respira y por tanto está sana y
salva, y luego te vuelves a la parte de atrás, a mirar a tu
hija, y ella también está viva, arrancada de las profun-
didades del sueño por la doble sacudida de la furgone-
ta y la farola, incorporada en el asiento y mirándote
con ojos enormes y perplejos, los labios más pálidos
que has visto nunca, labios tan blancos como el papel
en el que ahora escribes, y comprendes que se ha sal-
vado gracias a las almohadas y el edredón sobre el que
dormÃa, salvada en realidad por el hecho de que al
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dormir se relajan los músculos, y por tanto no tiene
huesos rotos, su cabeza no se ha visto lanzada contra
ninguna superficie dura, y no le pasará nada, no le pasa
nada, como tampoco al perro, que también iba dormi-
do sobre el edredón y las almohadas. Después te vuel-
ves de nuevo para echar otra mirada a tu mujer, la más
próxima al impacto de la colisión, y por la forma en
que está sentada a tu lado, tan quieta, tan callada, tan
ausente de lo que la rodea, temes que se haya roto el
cuello, su largo y esbelto cuello, el precioso cuello que
es el emblema mismo de su extraordinaria belleza. Le
preguntas cómo está, si tiene dolores y en ese caso
dónde, pero si logra contestar, emite una respuesta
apagada, pronunciada en voz tan baja que no oyes lo
que dice. Ahora empiezas a darte cuenta del ruido que
hay fuera del coche, están pasando cosas a tu alrededor,
varias cosas a la vez, y lo más perceptible es la histérica
voz de la mujer que conducÃa la furgoneta, que ahora
va de acá para allá, insultándote furiosamente por cau-
sar el accidente. (Más tarde te enterarás de que condu-
cÃa sin permiso, la furgoneta no era de ella, y además
habÃa tenido problemas con la policÃa en varias ocasio-
nes âlo que explicarÃa la vehemencia de su ira, porque
temÃa haber incurrido en un delitoâ, pero mientras ves
cómo te grita ahora, te quedas pasmado ante su egoÃs-
mo, asombrado de que ni siquiera se moleste en pre-
guntar si tu familia y tú os encontráis bien.) Como para
ocultar de la vista el atroz comportamiento de esta
mujer (que, para emplear palabras de tu padre, está loca
y a la vez es idiota), ocurre entonces un pequeño mila-
gro. Un hombre viene andando por la Cuarta Avenida,
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el único peatón de una calle en la que normalmente no
hay transeúntes, y contra todo pronóstico, toda lógica,
toda idea sobre cómo debe funcionar el mundo, el
viandante lleva ropa blanca de hospital, es un médico
joven, natural de India, de suave piel bronceada y fac-
ciones sumamente agradables, y al ver lo que acaba de
pasar se acerca al coche y empieza a hablar con calma
a tu mujer. Ya no hay cristal en la ventana, lo que le
permite asomarse al interior y hablarle en voz baja, con
su balsámica voz india, y mientras oyes cómo le hace
las preguntas habituales que un neurólogo harÃa a un
paciente â¿Cómo se llama? ¿Qué dÃa es hoy? ¿Quién es
el presidente?â, comprendes que está haciendo lo po-
sible por mantenerla consciente, para evitar que caiga
en un profundo estado de shock. Dado el impacto del
golpe, no te sorprende que de momento no distinga
los colores, que el mundo que se ofrece ante sus ojos
sólo sea visible en blanco y negro. El médico, que no
es una aparición sino un hombre de verdad (pero ¿cómo
no pensar en él como un espÃritu divino que ha venido
a salvar a tu mujer?), se queda a su lado hasta que llega
la ambulancia y el equipo de urgencias. Tu hija, Jack y
tú habéis salido ya del coche, pero tu mujer no debe
moverse, todo el mundo teme que se haya roto el cue-
llo, y mientras ves cómo los bomberos cortan la puerta
delantera con una cizalla hidráulica conocida popular-
mente como mandÃbulas de vida, examinas el coche
demolido y no comprendes cómo seguÃs respirando. El
coche parece un insecto aplastado. Las cuatro ruedas
pinchadas, desalineadas, torcidas, el lado del pasajero
abollado, y la parte trasera, la que se ha empotrado
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contra la farola, según ves ahora, está arrugada, no
queda ni un cristal en la luna. Poco a poco, los técni-
cos sanitarios sujetan a tu mujer con correas a una
tabla para mantenerla inmovilizada, la introducen con
suavidad en una ambulancia, os ponen en otra a tu
hija y a ti, y os conducen a los tres a la unidad de
traumatologÃa del Lutheran Medical Center de Bay
Ridge. Después de dos escáners y una serie de radio-
grafÃas, los médicos anuncian que tu mujer no tiene
ningún hueso roto en la espalda ni en el cuello. Feli-
ces, todos muy contentos, por tanto, pese a haber
visto la muerte de cerca, y cuando salÃs juntos del
hospital, tu mujer informa en son de broma de que
el médico encargado de realizar los escáners le dijo
que tenÃa el cuello más bonito y perfecto que habÃa
visto en la vida.
Ocho años y medio han pasado desde aquel dÃa, y
ni una sola vez te ha culpado tu esposa del accidente.
Dice que la mujer de la furgoneta conducÃa a velocidad
excesiva y por tanto fue enteramente responsable de lo
que pasó. Pero tú te guardas mucho de exonerarte a ti
mismo. SÃ, la mujer conducÃa demasiado deprisa, pero
en el fondo eso no tiene mucha importancia. Corriste
un riesgo que no debiste asumir, y ese error de juicio
continúa llenándote de vergüenza. Por eso al salir del
hospital juraste no volver a conducir, por eso no te has
sentado al volante de un coche desde el dÃa en que casi
mataste a tu familia. No porque hayas perdido la con-
fianza en ti mismo, sino porque estás avergonzado,
porque comprendes que por un momento casi fatal
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Paul Auster nació en 1947 en Nueva Jersey y estudió en la Universidad de Columbia. Tras un breve período como marino en un petrolero, vivió tres años en Francia, donde trabajó como traductor, «negro» literario y cuidador de una finca; desde 1974 reside en Nueva York. Es el autor de las siguientes obras, todas ellas publicadas por Anagrama: La trilogía de Nueva York (Ciudad de cristal, Fantasmas y La habitación cerrada), El país de las últimas cosas, La invención de la soledad, El Palacio de la Luna, La música del azar, Leviatán, El cuaderno rojo, Mr. Vértigo, A salto de mata, Jugada de presión (con el pseudónimo de Paul Benjamin), Pista de despegue (Poemas y ensayos 1970-1979), Tombuctú, Experimentos con la verdad, Creía que mi padre era Dios, La historia de mi máquina de escribir, El libro de las ilusiones, La noche del oráculo, Brooklyn Follies, Viajes por el Scriptorium, Un hombre en la oscuridad, Invisible, Sunset Park, Diario de invierno, la novela gráfica Ciudad de cristal y los guiones Smoke & Blue in the face, Lulu on the Bridge y La vida interior de Martin Frost. Paul Auster se ha convertido en uno de los autores con mayor prestigio internacional y con un número de lectores que crece sin cesar en España y América Latina, mientras se suceden las reediciones. Como corolario, en 2006 le fue concedido el prestigioso Premio Príncipe de Asturias de las Letras, que disparó su popularidad en nuestro país.

